dissabte, 30 d’agost de 2014

En mi no hi ha res. Sebastià Perelló.

Llibre que conté la crítica d'uns altres dos: Climent, de Josep Maria Fonalleras, i Llefre de tu, de Biel Mesquida. Crítiques, cal dir, pretensioses i gairebé insuportables. No coneixia res d'en Perelló, però se m'han llevat les ganes.

El juego de Ripper. Isabel Allende

Darrera novel·la, aquest cop políciaca amb assassí en sèrie inclòs, de l'autora d'aquella ja llunyana i mítica Casa dels esperits. Una mica decebedora, amb personatges massa esquemàtics i/o estrafolaris pel meu gust, i algunes incongruències i buits en el desenvolupament de la narració. Però Isabel Allende té ofici llarg i se li nota. La història, malgrat tots els seus defectes, enganxa i es fa de bon llegir.

En poques paraules, una agradable lectura d'estiu, amb un final trepidant i tràgic.

dimarts, 19 d’agost de 2014

Los siete mensajeros y otros relatos. Dino Buzzati

Un altre recull de contes del gran Dino Buzzati. El problema (i la sort, cal dir-ho tot) de les antologies, dels reculls, és que hi ha lectures que es repeteixen, contes que ja havies llegit. En aquest recull hi venen incorporats els dos primers contes que li vaig llegir: Pànic a la Scala (Paura alla Scala) i El gos que ha vist Déu (Il cane che ha visto a Dio), un conte, aquest darrer, que no em cansaria mai de rellegir.

Difícil, molt difícil, destacar-ne cap, però aquí en va un molt amarg:

La niña olvidada

La señora Ada Tormenti, viuda de Lulli, fue a pasar unos días al campo, invitada por sus primos los Premoli. Por el pueblo iba y venía mucha gente. Como era verano, la sobremesa de la noche se hacía en el jardín, charlando hasta la una o las dos. Una noche la conversación se refirió a las casas de la ciudad. Había allí un tal Imbastaro, tipo inteligente, pero antipático. Decía:

–Siempre que dejo mi casa de Nápoles, sucede algo, ¡je, je! –continuaba, riendo así, sin motivo; ¿o el motivo era, en cambio, hacer daño al prójimo?–. Salgo, por decirlo así, ni siquiera recorro dos kilómetros, y se sale el agua del lavadero o se incendia la biblioteca por haber olvidado una colilla encendida, o se meten ratas de los barcos y devoran hasta las piedras. ¡Je, je!, o en la portería, la única persona que soporta allí el verano, recibe un golpe seco y por la mañana se la encuentra preparadita para el entierro, con cirios, el sacerdote y el ataúd. ¿No es así la vida?

–No siempre –dijo con gravedad Tormenti–, por fortuna.

–No siempre, es verdad. Pero usted, señora, por ejemplo, ¿podría jurar haber dejado su casa en perfecto orden, no haberse olvidado nada? Piénselo bien, piénselo bien. ¿Exactamente en orden?

A estas palabras Ada se puso del color de los muertos; de repente tuvo un horrendo pensamiento. Para poder ir a casa de los Premoli había llevado a su hija de cuatro años a una tía. 0 mejor dicho, había decidido llevarla. Porque ahora, al volver a pensar en ello, con todo y estar segura de haberlo hecho, no conseguía recordar cómo y cuándo había llevado a Luisella a casa de su tía. ¡Qué extraño! No recordaba ni cuándo habían salido de casa juntas, ni el camino recorrido, ni las despedidas en casa de su tía. Como si en su memoria se hubiese abierto un agujero.

En resumen, la duda era la siguiente: que ella, Ada, se había olvidado de llevar a la niña a casa de su tía y sin advertirlo, al irse, la había encerrado en casa, Era una sospecha absurda; pero la imaginación fabrica a veces cosas muy extrañas. Insensato, de loco, pero bastaba, no obstante, para helarle la sangre en las venas. Con sorpresa la vieron ponerse bruscamente de pie y abandonar la compañía de todos. Uno preguntó a Imbastaro:

–Perdone, pero, ¿le ha dicho usted alguna cosa desagradable?

–¿Yo? Nada de particular, ¡je, je! No comprendo.

Ada entró en la casa y, sin decir nada a nadie, se dirigió al teléfono. Llamó urgentemente a Milán, dando el número de casa. Esperó, retorciéndose las manos.

La comunicación se la dieron casi en seguida. En el acto.

–¿Es usted quien ha llamado a Milán, al 40079277

–Sí, sí.

–Hablen.

–¿Hable?

¿Con quién? Al llamar, esperaba que nadie le respondería. ¿No estaba la casa cerrada y vacía? Si alguien acudía al aparato significaba, por lo tanto, que su primera sospecha estaba fundada, que Luisella se había quedado encerrada dentro. (Aunque apenas tuviera cuatro años, sabía contestar al teléfono). Habían pasado ya 10 días; hacía un calor espantoso y en casa Ada no había dejado ni un bocado de comida. ¡El calor! En los días de la canícula se cuecen los muebles en las casas abandonadas, y se quedan sin aliento los seres vivos, si permanecen en ellas. Ada se sintió morir. Temblando, dijo:

–¡Oiga!

–Diga –dijo desde Milán una voz de hombre.

Y con la velocidad de un relámpago, Ada imaginó lo ocurrido: Luisella, encerrada y sola en casa, incapaz de abrir la puerta, sus gritos, la primera alarma en el barrio, la policía, la puerta forzada, la niña enloquecida de miedo.

–Diga. ¿Quién es? –preguntó el hombre.

–Soy yo, la mamá. Pero, ¿quién es usted?

–¿Qué mamá? ¡Yo no tengo mamá! Se ha equivocado de número.

Y colgó.

Ada volvió a llamar inmediatamente a Milán (pero la angustia había ya cedido). Dio el número exacto, oyó la señal de línea y esta vez nadie le respondió.

Respiró aliviada. Menos mal. ¿Qué estupidez había imaginado? Ante un espejo se puso unos pocos polvos y salió afuera al jardín. La miraron, pero nadie dijo nada.

Sin embargo, cuando se acostó y en la enorme casa de campo se estableció el plúmbeo silencio de la noche y solamente por la ventana entornada entraban las voces de los grillos, volvió a sentir miedo. En aquella hora imaginó a la niña, muerta de calor y de hambre que, de rodillas, agarrada al pestillo de la puerta y con los ojos desorbitados, lanzaba sus postreros lamentos. Pensó que, en el peor de los casos, alguien debía de haber oído sus gritos. Otra voz, pérfida, objetaba: si alguien la hubiese oído, ya la habrían socorrido; ya han pasado 10 días y a estas alturas te habrían avisado. Pudo ocurrir también que los pisos contiguos estuvieran desocupados en este período de vacaciones. La portera, cinco pisos más abajo, ¿qué podía oír?

Miró el reloj, eran las cuatro. A las seis salía un tren. Ada saltó de la cama, se vistió, hizo la maleta. Acaso empieza así la locura, se dijo. Pero no podía contenerse.

Dejó una nota excusándose, Cautelosamente salió, abrió la puerta del jardín y se dirigió a la estación. Había cuatro kilómetros de camino.

Cuanto más avanzaba él tren, mayor era su angustia. Llegó a Milán hacia las tres de la tarde. La ciudad ardía en un halo de polvo tórrido y húmedo. Balbuceando, dio al taxi la dirección.

¡Por fin, su casa! No se notaba nada anormal. Las persianas del piso estaban todas bajadas, como las había dejado días antes.

Pasó corriendo ante la portería. La portera le hizo el acostumbrado saludo. Bendito sea Dios, pensó Ana. Ha sido todo una pesadilla, nada más.

Silencio y quietud en el rellano del quinto piso. Pero, ¿por qué temblaba tanto su mano al introducir la llave en la cerradura? Se descorrió el pestillo. Al abrirse la puerta, salió un vaho caliente y denso.

De pronto, cuando abrió la puerta interior, Ada sintió en el pecho un nudo doloroso; porque, un poco por encima de su cabeza, flotó, ansioso de huir, un pequeñísimo e incomprensible humo, una minúscula nubecilla, oblonga y pálida, que no despedía olor.

Corrió a la ventana del recibidor, abrió los postigos y se volvió.

Sobre el suelo, a dos metros de ella, se veía algo, como una larga y recortada mancha, pero de notable espesor. Se acercó, la tocó con el pie. Cenizas. Estaban esparcidas uniformemente como formando una especie de dibujo. Aquel nudo que tenía en el pecho se hizo fuego, infierno. Las cenizas tenían exactamente la forma de Luisella.

dissabte, 16 d’agost de 2014

Cataconya, la via ridiCULista d'accès a la independència. David Duran

Llibre publicat al 96 i que ens situa als lectors en un hipotètic futur proper, any dos mil i escaig, amb una Catalunya independent, on una publicació (un CD-Rom interactiu) del ministeri de cultura explica als alumnes com Catalunya va conquistar la independència d'una forma absolutament pacífica, però sobretot, ridícula.

Llibre d'un humor arrauxat i en algun cas una mica bròfec que es llegeix d'una tirada entre somriures i alguna que altra riallada.

M'ha recordat alguna que altra novel·la d'en Pedrolo, però també una tàctica molt utilitzada els primers dies de la democràcia: Quan volies fer callar algú bastava ofegar la seua veu amb forts aplaudiments i bravos i visques.

Perquè aquesta és precisament la via elegida per a la independència, ridiCULitzar ferotgement els espanyols simulant un patriotisme abrandat fins que els espanyols reals es cansin i els expulsin. Vegeu-ne una mostra:

"Una fou l'operació anomenada entre els culistes "Caravana per la independència", però que públicament fou donada a conèixer sota l'eslògan "Pongamos una pica en Flandes". L'organització de l'acció va anar a càrrec dels mateixos protagonistes de la gesta britànica, amb Bonet al capdavant.

Així, a principis d'agost una caravana de cotxes i motocicletes -també més contaminants i sorolloses que les actuals- partia de la ciutat de València amb destinació Brussel·les. A mesura que passava per capitals catalanes, s'hi anaven afegint vehicles. A Perpinyà es comptabilitzaren més de seixanta cotxes i una vintena de motos.

Tal com mostren les imatges següents, els vehicles lluïen tota mena de distintius espanyols, com les exagerades "E" que cobrien quasi per complet el vidre posterior de l'automòbil. Sobre el sostre, els cotxes traginaven un rètol on podia llegir-se l'eslògan de la campanya -referit a Flandes- o d'altres desbordants de patriotisme espanyol, com ara "Espana de mis amores". El toc de color anava a càrrec de les banderetes, espanyoles evidentment, que tots els automòbils duien al davant, com si de cotxes oficials es tractés.

La matrícula amb la M de Madrid, que veieu en pantalla, correspon a un cotxe llogat expressament per a l'ocasió per l'individu que ara ensenya el cul i que, com es pot apreciar, anava vestit de torero.

L'objectiu de la caravana, fàcil d'endevinar, era captar l'atenció dels europeus en un gest clarament ridiculista, basat en la suposada reivindicació de la pertinença del territori flamenc a l'imperi espanyol.

Per a l'usuari que no hagi superat la UI 4 "L'Espanya Imperial, tela marinera", li recordarem que Carles V heretà de la seva àvia, Maria de Borgonya, uns extensos terrenys als Països Baixos, que donaven per a diversos milers d'urbanitzacions. Aquest senyor era rei -un ofici sortosament en extinció i consistent a acaparar antidemocràticament el màxim de poder- al mateix temps de diferents corones, com ara la castellana amb annexos americans, l'aragonesa amb annexos italians, etc. Els seus successors van acabar perdent part d'aquest patrimoni, empetitiren els dominis de l'Imperi espanyol. Així, les places de Flandes les perderen, malgrat tot l'or d'Amèrica invertit, pocs anys abans de l'ocupació militar de Catalunya.

Els nostres protagonistes, coneixedors d'història i molts d'ells llicenciats, sembla que volien posar en evidència la contradicció que els catalans haguéssim de suportar la fal·lera imperial espanyola i els flamencs no. A més, la tria de Brussel·les d'entre tot el territori flamenc, no era gens casual.

Brussel·les, a part de seu del Govern de la Unió Europea, era una ciutat polvorí pel fet que essent de majoria francòfona es trobava dins del flamant Estat flamenc, acabat d'estrenar justamant aquell any, després de la divisió de l'antiga Bèlgica. Prou embolic tenien ja a l'ex-Bèlgica, amb els flamencs, els valons i la minoria alemanya, com perquè a més un grup de pertorbats hi anés a reivindicar la sobirania espanyola.

Se sap que els governs de Flandes i Valònia demanaren explicacions urgents a les autoritats espanyoles. Després, també feren el mateix l'Estat francès i l'holandès.

Tot i així, la caravana creuà mitja Europa sense gaire pena ni glòria i fortament vigilada per dispositius policials. Són remarcables els petits incidents que es registraren en diverses localitats, travessades a altes hores de la matinada. L'estridència dels clàxons i la música oficial que presidia la caravana -un tema popular espanyol de l'època anomenat "Porompompom"- molestà alguns ciutadans que es mostraren poc comprensius i gens acollidors al pas dels nostres lluitadors.

La nota positiva vingué en allò que podríem qualificar de primer precedent de la reacció que el culisme pretenia provocar en l'Estat espanyol. Així, José Ballestero, diputat i líder del PEE -Partido de la Espana Entera- efectuà unes declaracions en roda de premsa, que pel caràcter històric no traduïm, sinó que subtitulem:

...el paperina aquell que va sortir l'altre dia per televisió parlant de Carles V i reivindicant l'espanyolitat de Flandes, i de Nàpols, i de Sicília, i de mitja Àustria i jo què sé més... no era un veritable patriota. Se li escapava el riure per sota el nas, que jo ho vaig veure. Tot plegat és una maniobra separatista que fa mesos que es cou a València i Barcelona... No ens hem de deixar impressionar, en realitat tots aquests paios no són espanyols... i ara!

Aquesta darrera frase fou molt celebrada entre els independentistes que veien com riure començava a posar nerviosos els espanyolistes i esdevenia una autèntica arma d'alliberament nacional. Amb motiu de l'Onze de Setembre aparegueren samarretes amb la inscripció "Espanyol? I ara!".

Resumint, arribà el moment en què, farts de tot, i sense ningú amb qui poder negociar, Espanya va muntar un referèndum on no va deixar votar ni catalans, ni balears, ni valencians (i per cert, encara que haguessin pogut fer-ho, els de la Franja no votaren tampoc) on formalment se'ns va expulsar. Això sí, fins el 2100 no s'hi podrà utilitzar el nom de Catalunya, només el de Cataconya. Però els catalans diuen que ja els hi va bé.

Divertit.


Menudas historias de la historia. Nieves Concostrina

Un fresc i refrescant llibre fet a base d'anècdotes i historietes contades amb humor però no per això menys reals. Valga com a exemple aquest capítol:

La penicilina, asesina de estafilococos

El hallazgo más extraordinario del siglo xx, aún sin parangón en lo poco que llevamos del xxi, es la penicilina, la primera sustancia que demostró ser capaz de mantener a raya a las bacterias dentro del organismo humano.A mediados de agosto de 1928 el profesor de bacteriología británico Alexander Fleming, harto de ver la cara sólo de los microbios que criaba en su laboratorio, decidió tomarse unas vacaciones.Y era 22 de septiembre cuando el profesor Fleming regresó a sus probetas y sus pipetas y descubrió que era un genio. Por casualidad, pero un genio.

Fleming, prototipo del investigador desordenado, por no decir cochino, antes de irse de vacaciones olvidó sobre una de las mesas del laboratorio una placa de cultivo con bacterias, concretamente estafilococos. A su regreso comprobó que en aquel cultivo bacteriano se había instalado un hongo. Un «hongo okupa» al que nadie había invitado. Igual que cuando te olvidas en un rincón de la nevera un bote de tomate frito y cuando meses después te apetecen un par de huevos con tomate descubres que dentro del bote hay una decorativa capa de moho verde y blanco. Eso sucedió en el laboratorio de Fleming.Y menos mal que se fijó en el hongo, porque estuvo a punto de tirarlo.

Pero se fijó, sobre todo, en que sus estafilococos, aquellos que se olvidó cuando se fue de vacaciones,y justo los que estaban en contacto con aquel hongo, estaban aniquilados. Al asesino le puso por nombre penicilina.

Como la envidia es muy mala, a Fleming le dieron en principio un par de palmaditas en la espalda y le dijeron que, bueno, para curar un par de infecciones sencillitas la penicilina estaría bien. Años después, las palmaditas en la espalda se las dio el rey de Suecia cuando le entregó el Nobel de Fisiología y Medicina. La penicilina había salvado miles de vidas en la Segunda Guerra Mundial, y aún hoy las sigue salvando.

Tanto, que hasta los toreros agradecidos le dedicaron un monumento en Madrid, porque morían más de infecciones que de cornadas. No hay japonés que pase por la plaza de Las Ventas que no se pregunte qué pinta un torero de bronce haciendo un brindis al busto del doctor Fleming.

I com aquest un fum.

El que dic, lectura d'estiu, agradable i lleugera que, a sobre i com qui no ho vol, t'instrueix.